Una historia discriminada
He aquí mi relato, ahora despues explico un par de cositas:
Érase una vez hace mucho tiempo, tanto que ni siquiera los memoria de un árbol, e incluso la de un río, es incapaz de recordarlo. Se dice que en aquel tiempo, lo que hoy es Huelma, no era más que una aldea en una sierra donde todavía se conservaba la magia, Sierra Mágina.
Ocurrió un día que un agricultor estaba trabajando en sus olivos. Era un día muy caluroso, y el hombre estaba haciendo un trabajo muy duro, y llevaba desde la primera hora de la mañana.
A la hora de más calor, el hombre cayó al suelo desmayado, exhausto por el trabajo y el sol. Al rato pasó por allí, una dríade, una ninfa de los árboles. Lo vio en el suelo, y se compadeció de él. Lo cogió y lo llevó a su hogar, aun sabiendo que no debería hacerlo. Ningún humano podía saber que existían las dríades, ya que estas velaban por sus árboles y eran las responsables de que crecieran altos y fuertes. Y si se supiera, todos empezarían a pedir que su cosecha fuera la mayor, y cosas por el estilo.
El hombre despertó unas cuantas horas después. Al principio se asustó de verla, porque era muy diferente a todas las mujeres humanas que conociera. Parecía parte misma de un árbol. Poco a poco fue cogiendo confianza con ella, y termino por convencerse de que aquello era real y no una ilusión. Empezó a sentir algo en su interior, algo que solo recordaba haber sentido cuando era un niño, pero que no sabía identificar. La tarde pasaba, y el sentimiento en el pecho del hombre seguía creciendo. Finalmente con la llegada del crepúsculo llegó la hora de la despedida.
-Lo que he hecho está prohibido. Debes olvidar que me has visto, y yo he de olvidarte. Adiós.
Pasaron los días, y el hombre intentaba no pensar en la extraña y bella criatura que lo había salvado. Sin embargo, cuanto más lo intentaba, más acudían sus ojos almendrados a su cabeza. Finalmente no pudo aguantar más y decidió ir a buscarla. Anduvo por el campo, entre los almendros y entre los olivos. La llamó, a pesar de no conocer su nombre. Tras muchas horas de caminar y buscar sin resultado, se dio por vencido y se sentó apoyado en el tronco de un almendro. Entonces apareció ella, la dríade. Tan misteriosa y hechizante como la primera vez.
-¿Qué haces aquí?-fue su saludo.
-He venido a buscarte. No podía dejar de pensar en ti.
-Nos castigarán.
-¿Quién?
-Los dioses-contestó.- No se permite que los humanos y las dríades nos conozcamos.
-Pero... yo te quiero –le dijo él tomándola de las manos. Un fuerte viento empezó a soplar y el cielo se cubrió de negros nubarrones de tormenta.
-Lo se. Y yo también.
El viento movía las ramas de los árboles con fuerza.
-Nos han visto –dijo la dríade.-Ya están aquí.
Se notaba algo extraño en el ambiente. Algo con un tremendo poder. No necesitaban hablar, sabían perfectamente que la furia de aquel ser inmaterial se descargaría contra ellos. En aquel momento, algo empezó a ocurrir. Al principio fue un cambio sutil, que pasaba desapercibido. Pero poco a poco se hizo más notable. A los ojos humanos el paisaje seguía completamente normal. Se notaba que faltaba algo, pero no se podía ver. En cambio, los ojos de la ninfa vieron claramente como los colores de los árboles y la tierra, incluso los del cielo y el viento, iban perdiendo fuerza, quedándose opacos. No sabía que significaba aquello, pero le daba mucho miedo.
Y de repente todo paró. El viento se calmó y las nubes desaparecieron. Pero esa capa opaca sobre el mundo, se quedó.
La dríade y el hombre se fueron a la aldea y vivieron allí un tiempo. Aunque al poco tiempo las demás dríades no pudieron soportar la oscuridad, y los separaron a la fuerza, esperando el perdón de los dioses. Y este no llegó.
La gente empezó a notar algo raro. No llovía. Pasó mucho tiempo, cerca de dos años. No había vuelto a caer una gota de agua desde aquel día. Los árboles se estaban secando y con ellos, las dríades que los custodiaban.
Un día el hombre salió a pasear por el campo, entre las olivas secas. Su mirada se había vuelto triste desde que lo separaron de aquella bella ninfa. Ahora veía como moría su campo, y sabía que ella también lo estaba pasando mal. Las dríades tienen una relación muy especial con sus árboles. Si una enferma, también lo hace su árbol.
Cogió un puñado de hojas de una oliva, que se quebraron entre sus dedos. Con pena abrió la mano y dejó caer los pedacitos. Pero antes de llegar al suelo, el viento los recogió y se los llevó, elevándolos por encima de su cabeza hasta alcanzar el cielo azul, sin una sola nube.
Entonces ocurrió. Uno de los pedacitos brilló un instante y empezó a caer lentamente, hasta llegar a parar a la mano de la dríade. Esta se quedó sorprendida. En su mano había un copo de nieve. Era la primera vez que nevaba en Huelma.
La nieve empezó a caer con fuerza cubriendo todo con un manto blanco en poco tiempo. Y mientras la nieve llegaba, la oscuridad se iba dispersando. Tanto la dríade como el hombre comprendieron lo que estaba pasando. Los dioses los habían perdonado. Él esperó a que ella llegará, ya que sabía que no valía la pena intentar buscar a una ninfa. Se fundieron en un abrazo y no se volvieron a separar jamás.
La nieve estuvo cayendo toda la noche y a la mañana siguiente empezó a llover con fuerza. El campo estaba recuperando su fuerza.
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