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#1
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Corría la noche del 9 de Septiembre de 1910 y, como bien era mi costumbre, al termino de la rutina laboral me fui directo a mi queridísimo Café de Le Regénce.
- Holaquetál La palabra mágica. Instantáneamente, todo un coro de transeúntes aclamaba un “hola”, un puñado de “buenas noches” y unos ventitrés “como andas”. Todo aparentaba un día normal, con el café nocturno y los mismos amigos de toda la vida…pero no. Una diferencia se notaba. La melodía vocífera no era la misma de antes; un vozarrón desafinado se resaltaba entre todos los aullidos. - Oiga, usted. Miré hacia todos lados. Nada por aquí, nada por allá…nada de nada de absolutamente nada. Ninguna cara nueva, al igual que ninguna me miraba. - Boludo, atrás tuyo Oí decir. Recontra giré hacia atrás, y ahí estaba. Era el viejo Schuster, “El Inmortal” le decían. Cuenta la leyenda que sobrevivió cinco años en la calle, alementándose sólo a base de pan y agua, pero la verdad es que mucho no les creo. Aunque tampoco me sería muy extraño, ya que era notable su gran fuerza de voluntad, y que esto lo hacía asemejar a un gladiador inclaudicable. Después de todo, no por nada lo llamaban “el inmortal”. Terminado mi desvarío, el viejo no tardó en devolverme a la realidad. - ¿Gusta de una partida? - Sí. Le respondí, sin dudar ni siquiera un instante. Y tomé un asiento, mientras él recogía un par de peones, uno de cada color. Los mezcló detrás suyo, y me acercó sus puños cerrados. - Elija Razoné por un rato. Decidí guiarme por la suerte de la mano derecha. Y la abrió nomás. - Yo con blancas Carajo, mierda. Otra vez con negras. Vaya suerte la mía. Sacó unos anteojos plateados de su bolsillo, los colocó sobre sus narices y me estrechó temblorosamente su mano. - Buena Partida Me dijo, con una leve sonrisa, alegando una cierta caballerosidad. - Buena Partida Le copié, tomándole la mano con firmeza. Ya terminadas las debidas presentaciones, comenzaba la hora de la verdad. El objetivo del juego era muy simple: cada jugador era el encargado de vitalizar una tropa de seres inanimados, debiendo conducirles hacia la tan ansiada gloria. Pero claro, lo dificultoso era conseguirlo ya que, al igual que en la realidad, cada pieza tenía sus reglas, como el tablero sus límites. Sin contar que ninguno tiraba para el mismo lado, y que sus deseos debían chocarse entre sí, saliendo con vida sólo uno de ellos. Era el turno del Inmortal, y no iba a desperdiciar su iniciativa cediéndola a la suerte. No desaprovecharía tan estúpidamente su maravilloso Don del pensamiento. Fijó su vista en el tablero. Su mirada soslayaba entre lo claro y el oscuro, sumergiéndose lentamente en el inmenso océano de casillas conjugadas. ¿Por aquí o por allá? ¿Será el bien? ¿O quizás el mal? la duda lo conmensuraba. El Inmortal se hallaba perdido; era un náufrago sin rumbo, flotando en la deriva. No encontraba el camino, porque no existía. A pesar de eso, sostenía una impresionante energía; nunca se cansaba ni se rendía, y gastaría hasta el último milímetro de sus esperanzar para cumplir su deseo. Hasta que se decidió. Sí, después de tanto ida y vuelta, se decidió. Un poco tarde, tal vez, pero más vale tarde que nunca. Y entonces, el Inmortal jugó: Caballo J3 Me desconcerté completamente ¿Cómo podría un miserable mendigo engañar de semejante manera a un galardonado Maestro Internacional como yo? No, algo debió suceder. En mis 50 años de batallas ajedrecísticas nunca me topé con aperturas sin tener respuesta inmediata. Algo debió fallar. Miré, observe, busque y rebusqué, por si se me había pasado algo desapercibido…y así fue. ¡Pero claro! ¿Cómo no me di cuenta antes? ¡Era de suponerse! - Disculpe, señor Schuster…¡Esa jugada es imposible! Y claro, ¡Schuster estaba apoyando su propio caballo por fuera del tablero! - Perdón, lo siento Dijo, mostrando una pequeña mueca de arrepentimiento. El viejo estrechó su mano, pero no tuvo la fuerza suficiente para sostener la pieza, que cayó estrepitosamente contra el suelo. Y la pieza comenzó a rodar, y rodó, y rodó, y siguió rodando…hasta perderse en una enorme oscuridad repleta de sillas vacías. - No se preocupe, señor. Ya se la alcanzo. Pobre viejo. De milagro que tenía piernas, no lo iba a hacer caminar hasta allá. Me levanté de mi asiento, y caminé a paso firme en busca de la pieza perdida. Moví unos cuantos pares de sillas, y allí, en el rincón, se podía contemplar a simple vista un caballo blanco resplandeciendo en medio de la oscuridad. ¡Que suerte la mía! ¿Cuánto hubiese tardado, de haber elegido la mano izquierda? Recogí la pieza, y me dirigí prontamente a mi mesa para devolvérsela al Inmortal. - Tome, señor. Aquí la tiene. No respondió. Le repetí, pero recibí la misma respuesta: nada, un silencio inquebrantable. Lo zamarreé, le grité, intenté despertarlo de mil maneras...pero ya era inútil. No, no podía aceptarlo; no quería creerlo, no…era Imposible tener que aceptar que Schuster había muerto. El inmortal era un espejo, y a uno le atormentaba el verse así; desplomado en el suelo, con la mirada fría, ahogado en el vacío. El reloj se detuvo, y con él su corazón. Siglos y siglos después, todavía siguen siendo las 9 de la noche. Usted pensará: ¿Es este el final? ¿Así de fácil se esfuma la vida de un hombre? ¿Cómo pudo morir si en verdad era El Inmortal?. Y a usted le diré: Lo inmortal no era su existencia sobre la faz de la tierra, sino su historia. El inmortal nunca saboreó el placer de la victoria, nunca sintió el amor de los ajenos, y nunca sostuvo sobre su mano el miserable peso de una puta moneda. Usted creerá que El Inmortal no tenía nada. Sin embargo, para él, algo le era suficiente; una parte suya perduraría para siempre. Porque el ajedrez era su vida. Porque su vida era un sueño. Y de ahí en más, ese sueño sería eterno. Última edición por Ezechiele fecha: 13-oct-2009 a las 03:42. |
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El Inmortal
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#2
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Me llamó la atención el estilo de tu narración, me enganchó. Paso de una simple partida de ajedrez a convertirse a una reflexión sobre existencialismo. Se me hízo ligero y ágil en la lectura.
No me quedó del todo claro el final, por eso evitaré hacer un comentario mas profundo. Independientemente de esto, me gusto. |
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